Carta a un Gigante


 

 

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La primera vez que entras en “Sterling Cooper” todo es tan nuevo y tan diferente que te cuesta un poco habituarte a la mentalidad. Te atusas la americana mientras agotas las reservas de alcohol de siete estados -no hay situación que no requiera de un trago- y poco a poco, no te hace falta más, porque empiezas a ver -lo que el humo te permite-con los ojos de unos personajes minuciosamente elaborados, hasta el punto de que eres uno más y les defiendes como si fueran amigos de toda la vida, a los solo ves una vez por semana y en horas de trabajo, eso sí.

Suenan los Beatles en su etapa psicodélica. Siempre unos temas perfectamente escogidos que encajan con los eventos que ese capítulo ha decidido narrar. Don Draper impone. Pero solo al principio. Es su machismo exacerbado, o quizá ese ego tan enorme, esa forma de vestir los trajes que hace que no haya sutileza alguna que pueda expresar a dónde mandarías todos sus pantalones, esa forma tan elegante de fumar con cara de intensidad. Don Draper, ese gran gilipollas con corbatas caras e imaginación desbordante. Que magistral forma de hacerte vivir anécdotas a través de un personaje que es un monumento a la grandeza, un boceto de defectos imperdonables que odiarías de no ser porque ya estás demasiado metido en el papel, un gran despliegue de talento y una bonita compañía durante cincuenta minutos -que se hacen cortísimos- de una tarde cualquiera.
El final de esta séptima temporada -dividida en dos- es el principio del fin, después de tantos años, una parada más que conduce a lo inevitable. “Waterloo” es decadencia, imperfección, la búsqueda de la redención. Lo malo ha pasado, ya las cosas no pueden ir a peor, Don solo puede mirar hacia adelante. Una oda al declive de unos personajes trasnochados, a sus almas podridas, a sus desventuras. Todos y cada uno de ellos involucionan lentamente a tono con sus desgracias personales, en particular su protagonista absoluto: el mismo que leía el “Infierno” de Dante en sus últimas vacaciones en la playa con su mujer. Sutileza máxima.
“Waterloo” también es homenaje. Una bonita canción de adiós. Una de las cosas que menos me gustan de la serie son las despedidas, y nunca antes una nos había dado una sorpresa tan llamativa. No pierden la capacida de sorprendernos, de emocionarnos y hacernos llorar a mares con escenas que dicen tanto con tan poco.Nunca jamás habría podido imaginarme lo que pasa durante los últimos tres minutos. Historia de la televisión, no cabe duda.

Y nos ha enseñado mucho. Sobre todo a hurgar, a conocer en profundidad, a no juzgar viendo solo la superficie, a ver más allá de los comportamientos irracionales que proyectamos al exterior, a buscar la explicación racional que nos conduce al vacío emocional. ¿Qué sería de la serie sin esos elementos de manipulación que nos llevan a adorar- odiar los personajes según las tramas, según la posición en que te coloques? Cada capítulo es una pequeña joya a nivel narrativo-visual. Y su principal acierto, es su capacidad de impacto, de dejarte pensando un rato en lo que acabas de ver y asimilar el realismo de unas situaciones bastante grotescas que empiezas a creerte como propias. No eres Bert Cooper, Joan, Peggy o Ted Chaough, pero les comprendes, a ellos y a sus estúpidas decisiones, sus frases desacertadas.
Pero al final, como todo lo bueno, la serie empieza a tocar su fin. Poco a poco. Y desde luego el mundo va a ser un poquito peor sin las constantes infidelidades de Don, su desconfianza para con el género humano, las salidas de pata de banco de Roger Sterling que se niega a aceptar el paso de los años y los fracasos de la ambición de Peter Campbell y sus entradas de pega. Hemos pasado tanto con ellos que hemos visto a Sally convertirse en una pequeña mujer, y a Betty asumir su fracaso. Hemos sido los últimos en abandonar un barco que se vaciaba poco a poco. Somos probablemente lo único que le queda al espejismo de Dick Whitman.
Pero no pasa nada, nos dejan sus enseñanzas y su historia. La misma que han narrado durante siete años -ocho, con la última temporada- y que nos deja un gran mensaje: la lentitud si puede ser sinónimo de calidad en una serie cuyos capítulos se disfrutan como una profunda calada. Supongo que ahora tendremos que plantearnos dejar de fumar. Nos menos queda un año para despedir al gigante. Esperemos que resurja.

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